sábado 5 de julio de 2008

La escritura del 1980: apuntes al margen

Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa

Uno de los rasgos distintivos de la escritura en los primeros años de la década del 1980 es el predominio de los poetas en el conjunto de los escribientes. No se trataba de un fenómeno nuevo. La experiencia de los primeros momentos del conjunto de voces que condujo a la consolidación de lo que luego se llamó Generación del 1960 y el 1970, fue análoga.

La situación facilitó el proceso de hibridación poesía-prosa y la mixtificación de la narrativa, por encima de las convenciones de los realistas-naturalistas y la separación clásica de los géneros modernos. Ello generó una narrativa poética y compleja distinta que en ocasiones ha sido diferenciada de la escritura pública del 1970 como una escritura intimista.

Los escritores del 1980 provenían de una era dominada por narradores de alta calidad y de proyección internacional. En muchos casos, la poesía se interpretaba como un camino necesario que conducía hacia la prosa y que convenía a la misma, en la medida en que su presencia personalizaba la escritura.

Algunos poetas de los 1970 fueron cruciales en aquel proceso. Los casos más notables fueron José”Che” Meléndez y José María Lima. Se trataba de dos opositores al establishment y la normalidad dominante, actitud fronteriza con el activismo contracultural de la segunda pos-guerra. Sus posturas se traducían en la búsqueda de lo irreal y de lo fantástico o anormal.

Sin embargo, es importante indicar el impacto y el apoyo de algunos escritores del 1950 que se habían constituido en iconos de un sector de los nuevos escritores. Me refiero a Clemente Soto Vélez y Francisco Matos Paoli. Se trataba de dos poetas, asociados al nacionalismo del 1930 quienes, incluso, compartieron la cárcel con Pedro Albizu Campos. Soto Vélez, además, estuvo ligado al comunismo estadounidense de la II Guerra Mundial.

La inversión de esfuerzos de Soto Vélez con una nueva promoción de poetas en la diáspora por medio del Taller Rácata 1982-1983 del Hostos Community College, ayudó a definir una actitud distinta ante el proceso creativo. Matos Paoli estuvo cerca del grupo Caramba de Mayagüez, y del grupo Taravilla de Morovis, desde 1978. Para el grupo de Mayagüez fue fundamental también la obra del poeta neovanguardista y neosurrealista cubano Luis J. Cartañá Otero.

Todos eran autores cuya praxis poética tenía un fuerte contenido irrealista. Aquel anti-realismo estaba asociado bien sea al surrealismo o a la fenomenología o al misticismo. La teórica renuncia a la realidad estimuló una escritura absurdista. En cierto modo, la idea sartriana de que por medio del absurdo se recuperaba una parte de la humanidad, está clara en aquellos escritores. El absurdo se apropiaba como una contestación al orden que se rechazaba, lo cual explica el fuerte componente contracultural de su escritura

Desde la perspectiva de la historia cultural, aquel grupo representaba una expresión de la crisis del proyecto populista en Puerto Rico, episodio que es la clave para comprender la crisis de la modernidad en el país. La crisis del populismo estaba asociada a la intensa Recesión Económica que azotó al capitalismo internacional entre 1973 y 1984, y a la capacidad de la misma para demostrar el agotamiento de las posibilidades de crecimiento del ELA. El proyecto moderno por excelencia en el país murió. La idea de concebir a estos autores como postmodernos explica el análisis postmoderno promovido por parte de la crítica.

El grupo de escritores del 1980, también desarrolló su carta de naturaleza en el marco universitario. Se trataba de un conjunto de estudiantes de diversas disciplinas, hecho que parece apuntar a que la penetración de los Estudios Hispánicos en las promociones literarias, comenzaba a disolverse. En el polimorfo grupo había, además de hispanistas y comparatistas, artistas plásticos, cineastas, historiadores, sociólogos, comunicadores y filósofos, entre otros.

Las expresiones impresas más relevantes fueron una serie de revistas estudiantiles publicadas en la universidad en Río Piedras, algunas de las cuáles emigraron a la zona de Humacao. La experiencia de Filo de juego (1983), Página robada (1986), Tríptico (1987) y Aldebarán, no se ha estudiado con profundidad. Pero para la definición del proyecto literario desde una perspectiva logocéntrica, es decir, focalizada en la palabra impresa, es fundamental. No hay un archivo completo de aquella producción.

Los talleres y revistas literarias de vanguardia en Mayagüez, Comerío y Barranquitas, como es el caso de Caramba (1978), Taravilla (1978) y En jaque (1989), respectivamente, completaron y complementaron la experiencia universitaria con componentes no universitarios.

El grupo se consolidó, por otro lado, en medio de una crisis editorial producto de la contracción del mercado del libro como un reflejo de la recesión económica. El mercado del libro estaba deprimido, los editores no se tomaban riesgos comprando manuscritos de autores nuevos, y las instituciones culturales del Estado tenían problemas mayores que resolver que promover nuevas voces disidentes. La amenaza al discurso cultural del populismo en la llamada era de Carlos Romero Barceló (1976-1984), ocupó la mayor parte de sus esfuerzos.

Los editores preferían se dedican a reproducir títulos de autores clásicos que tenían un consumo seguro en el sistema educativo o universitario, pero también continuaron publicando a muchos de los consagrados del 1960-1970. La crisis editorial condujo a que los jóvenes escritores Luis Raúl Albaladejo y Roberto Ramos Perea, debatieron el carácter “soterrado” de la experiencia hacia el 1987.

Algunos escritores desarrollaron proyectos editoriales particulares no comerciales como el caso de la Editorial Revista Islote (Mario R. Cancel), Tríptico Editores (Zoé Jiménez Corretjer) e Isla Negra Editores (Carlos R. Gómez Beras), entre otros. De aquellos, el tercero todavía persiste y se presume como la voz editorial de la generación y, en consecuencia, la que la saca de su “soterramiento.”

Un gran número de los escritores que hicieron sus primeros ejercicios literarios en la poesía durante la década de 1980, experimentaron luego con la narrativa corta. Numerosas experiencias de la narración del 1960 y el 1970, en especial, el juego crítico con los medios masivos de comunicación, la experimentación con los sociolectos, el neopopulismo urbano, el elemento paródico y crítico, entre otros, persistieron en algunos autores de narrativa de los años 1980. Por su construcción y rasgos, cuentistas como
Marcelino Resto, Edgardo Nieves Mieles, Pepo Costa, Daniel Nina, Georgiana Pietri, y Mayra Santos-Febres, todos incluidos en las antologías más emblemáticas de la “nueva generación,” pueden ser considerados exitosos y originales continuadores de la tradición narrativa del 1970.

Otros segmento no menos original y exitoso, se han instituido como transgresores neovanguardistas notables. Ese, me parece, es el caso de Zoé Jiménez Corretjer, Eduardo Lalo, Marta Aponte Alsina y Daniel Torres, entre otros. Estas tendencias generales no explican toda la producción de los 1980. Tampoco desdice el valor de la propuesta de los 1980 sino que, por el contrario, afirman la diversidad y la pluralidad de las nuevas voces en un periodo que ha sido caracterizado por la historia cultural como un momento de incertidumbre y desconfianza en los grandes proyectos.

La novela es una experiencia que no maduró en aquel contexto. Habrá que esperar a la década del 1990, pero la producción se dará divorciada de las discusiones de los ochenteros. En una formación social con una frágil tradición novelística, no podía ser de otro modo.

1 comentarios:

sha dijo...

El momento de leer este tipo de literatura tenía que llegar y de qué forma lo he disfrutado... la literatura clásica había desplazado por un tiempo la narrativa postmoderna de mi biblioteca. Leer a Cabiya, por ejemplo, es dar un vuelco al romanticismo, donde los personajes son perturbadores, al estilo de Poe. La ciencia ficción despliega un papel importante, mezclando la realidad con lo imaginario en un juego que va más allá del realismo mágico. Por otro lado, la familiaridad y cercanía de estas narraciones (por su trasfondo y contexto) crean en el lector cierta empatía, como es el caso del cuento de Juan Carlos Quiñónez, y 'Detras de mi está la respuesta', de Maribel Ortíz.