Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
Hacia 1945 la situación socio-económica del país se había transformado. La Gran Depresión era cosa del pasado y, la Segunda Guerra Mundial, afianzó las relaciones con Estados Unidos. El conflicto europeo aumentó el valor geoestratégico del país y promovió la revisión de la relación estatutaria en una dirección liberal.
El Puerto Rico agrario quedó atrás, dando paso al Puerto Rico industrial y moderno. El crecimiento de las ciudades y la emigración del campo al pueblo, se generalizaron. El crecimiento económico del país fue notable. El propósito de todo ello era evitar el crecimiento de una oposición radical como la que se generó en la década de 1930. El consumismo y el impacto de los medios masivos de comunicación en la vida de la gente común se hicieron palpables. La literatura fue un foro de discusión en torno a aquellos procesos.
El populismo protagonizó aquella transformación con el respaldo de las autoridades estadounidenses. La Guerra Fría (1947-1989), la competencia internacional entre el comunismo y el capitalismo con Moscú y Washington a la cabeza, dio a la isla el papel de defensor del modelo democrático y capitalista de desarrollo para Hispanoamérica y El Caribe. El Estado Libre Asociado (1952) fue propuesto como una vitrina para el resto de los países del orbe. Una consecuencia del cambio fue que forzó la participación de los puertorriqueños en guerra internacionales, como la de Corea (1950) al lado de Estados Unidos.
En aquel contexto se consolidó lo que se llamó la Generación de 1950. Se trata de sectores de la elite intelectual que vivieron las transformaciones que crearon el Puerto Rico industrial. Algunos miraron con nostalgia el Puerto Rico que se dejaba atrás, como parece ser el caso de Abelardo Díaz Alfaro o Edwin Figueroa. Otros favorecieron los cambios, como sucedió con Ernesto Juan Fonfrías. Otros cuestionaron los efectos del cambio en nombre del nacionalismo político o de la justicia social, como fue el caso de José Luis González o René Marqués.
Los intelectuales del 1950
Los intelectuales del 1950 compartieron las posturas filosóficas del 1930. Entre ambos momentos hay una continuidad notable. Ensayistas como René Marqués y Josefina Rivera de Álvarez, interpretaron la escritura literaria de los años 1950 como una culminación de los ideales del 1930. La revista independiente Asomante (1945), editada por Nilita Vientós Gastón para la Asociación de Graduadas de la UPR; y La torre (1953), promovida por Jaime Benítez, Rector de la UPR, fueron dos de sus foros ideológicos mayores. El papel de la universidad del estado en el diseño ideológico de la promoción fue evidente.
Los autores del 1950, aspiraron a identificar las letras puertorriqueñas con las hispanoamericanas, con tanta intensidad como la Generación del 1930 lo hizo con las hispánicas. Aquella hispano-americanización tenía que darse “más allá de la novela de la tierra” de Rómulo Gallegos, o de la narrativa de Horacio Quiroga. La intención era superar el discurso ruralista modernista, y elaborar una expresión literaria acorde con los nuevos tiempos. El giro hacia un discurso literario urbano, en la tradición de Humberto Padró, se afirmó. En el contexto nacional aquello significaba ir “más allá de Enrique Laguerre.”
La renovación involucró la cuestión del estilo. Los escritores se propusieron aprovechar las técnicas de la vanguardia literaria revisionista. En Europa, la experiencia narrativa posrealista intentaba romper con la forma tradicional de la novela como mero retrato social, e imponer una narrativa que afirmara la percepción individual y subjetiva del autor. En Estados Unidos William Faulkner y Ernest Hemmingway, entre otros, hicieron suyos aquellos procedimientos. El monólogo interior y el libre fluir de la conciencia se convirtieron en técnicas comunes. El otro componente del cambio literario fue la escritura de autores europeos posrealistas de la primera posguerra tales como la inglesa Virginia Wolf, el checo Franz Kafka, el irlandés James Joyce, los franceses Marcel Proust y, en especial, Albert Camus y Jean Paul-Sartre.
Narrativa y narradores del 1950
En Puerto Rico, los narradores se sentían responsables ante el mundo social. La crítica al orden social y político del país fue tan común como en la producción Realista-naturalista. Lo nuevo era el énfasis que muchos de ellos pusieron en la apropiación del mundo urbano y en los recursos técnicos utilizados para ese fin.
Los fondos rurales se miran como un espacio que desaparecía bajo el impacto de la industrialización y la urbanización. El fin del pintoresquismo criollista fue total. El paisaje dejó de ser un personaje benévolo, como en la novelística de Laguerre, o un ornato o escenario ideal como en Zeno Gandía. El paisaje se utilizó para instrumentar y darle contenido a la psicología de los personajes.
El mundo urbano representaba un duro reto y una esperanza para la gente de la ruralía. La vida del emigrante del campo a la ciudad era una ruleta en la cual nada estaba garantizado. La industrialización y la urbanización se interpretaron como generadores de un problema fenomenológico y existencial. En ese el espacio el ser debía reformularse constantemente pero la experiencia podía resultar angustiosa y amarga.
El discrimen contra la migración puertorriqueña o diáspora en Nueva York, se generalizó. La actitud condujo a la crítica del American Dream y a la desconfianza respecto a la promesa americana. La discusión política se centró en la importancia de Puerto Rico para Estados Unidos durante la Guerra fría y la participación de los puertorriqueños en las guerras de ese país.
Por último, aquella escritura inauguró una meditación sobre el impacto de los medios masivos de comunicación en la gente. Los medios eran considerados como instrumentos de fetichización o devaluación del saber y deshumanización que estimulaba el consumo y mutilaban la individualidad. El recurso a la mala palabra y las alusiones sexuales fuertes se legitimaron, adelantando procedimientos del 1960 y el 1970.
La nueva actitud se enmarcó en una escritura seca y sintética propia del neorrealismo que tomó distancia de la escritura cromática y poética de Laguerre en La llamarada. La economía de adjetivos, las frases cortas y los diálogos breves y concisos dominaron. Emilio Díaz Valcárcel reconoció en 1969 que su generación debía mucho más a figuras como Tomás Blanco y Emilio S. Belaval, y que la relación con Laguerre había sido marginal. El hecho de que los narradores del 1950 destacaran tanto en el cuento, parece reafirmar ese aserto.
José Luis González, quien pasó la mayor parte de su vida fuera del país, discutió la función social del escritor desde la izquierda, tal y como se nota en su cuento “El escritor” de 1948. Sus primeros textos narrativos expresaron un neorrealismo amargo como es el caso de En la sombra (1943) y Cinco cuentos de sangre (1945). En Nueva York y otras desgracias (1973) se encargó de representar al boricua común en la llamada Babel de Hierro. El tema de la participación de los puertorriqueños en los conflictos armados de Estados Unidos en la época de la Guerra Fría, es el centro de Mambrú se fue a la Guerra (1972). Corea fue un tema tan atractivo como luego lo sería Vietnam para los escritores del 1960 y el 1970. En el territorio de la novela corta, La llegada (1980) penetra el tema de 1898 de una manera novedosa que anuncia el Seva de Luis López Nieves. Y en el ensayo de interpretación ofrece una respuesta a la ensayística del 1930 por medio de la colección El país de cuatro pisos y otros ensayos (1989). La interpretación filosófica y literaria de los puertorriqueños por medio de esos trabajos ha sido crucial en el cuestionamiento del canon literario hispano-criollo después del 1990.
Abelardo Díaz Alfaro (1919-1999) dejó en Terrazo (1947) y Mi isla soñada (1967) un ejercicio de penetración y comprensión de la psicología colectiva de los puertorriqueños ante el avance de la industrialización y el urbanismo. En el centro de la discusión estaba la condición humana en el mundo colonial. El mejor modelo de ello es su conocido relato “Los perros” (1956). El tono de parábola le permitió poetizar el conflicto y hacer la discusión más accesible a los lectores. Todo ello se combinó con técnicas como el monólogo interior que suprimía la voz del narrador externo a fin de darle fuerza y naturalidad al discurso.
René Marqués (1929-1979) fue el dramaturgo más destacado de aquella generación y el antólogo clásico de su generación en Cuentos puertorriqueños de hoy (1959). Como narrador discutió de manera neorealista, con fuertes componentes fenomenológico-existenciales, la situación de los puertorriqueños en el contexto de la Gran Depresión en La víspera del hombre (1958). En La mirada (1975) se sintetizan las preocupaciones vanguardistas de este autor con un lenguaje fuerte e híbrido en donde el español y el inglés convivían. La antología personal Inmersos en el silencio (1976) recoge una muestra transversal de su obra narrativa entre 1955 y 1975. Igual que algunos autores de la Generación del 1930, El puertorriqueño dócil (1962) fue una reflexión ensayística sobre la imposibilidad de la emancipación puertorriqueña. En Marqués el neorealismo se combinó con la influencia de la filosofía fenomenológica existencialista francesa. El pesimismo caracterizó tanto aquella filosofía como la literatura de Marqués como puede verse en su relato “En la popa hay un cuerpo reclinado.”
Emilio Díaz Valcarcel se distingue por el ambiente urbano de sus textos, su discurso neorrealista y por el tema de la Guerra de Corea. “El soldado Damián Sánchez” y “El sapo en el espejo” son dos de los mejores modelos de ello. La guerra no termina en el frente, continúa en la vida del veterano hasta deshumanizarlo por completo. Los textos incluidos en la colección Panorama (1955-1967) están marcados por la experiencia cinematográfica: el autor fue escritor de guiones. El hombre que trabajó lunes (1973) es un ejercicio en torno a la complejidad de la vida urbana, y Harlem todos los días (1978) se fijó en la vida de los puertorriqueños en la diáspora. En Inventario (1975) y Figuraciones en el mes de marzo (1982) Díaz Valcárcel se manifestó como un experimentador de gran envergadura. El mundo mediático de la televisión es el centro de “La muchacha del tiempo,” un texto breve en que Corea y los medios masivos convergen como espacio de alienación.
Pedro Juan Soto dejó en Spiks (1956), una colección de relatos breves y estampas urbanas en torno al asunto del prejuicio antipuertorriqueño en Nueva York. “Los inocentes” es un relato experimental en lo mejor de las vanguardias de su tiempo. En Usmaíl (1959) trabajó un tema de la conflictividad que provocaba la presencia de la Marina de Guerra en la isla municipio de Vieques anticipando la narrativa de Carmelo Rodríguez Torres. El tema de Nueva York y el viaje también fue tratado en Ardiente suelo, fría estación (1961). En la crítica y el ensayo, Soto rescató a uno de los mayores autores de la época de las vanguardias en Puerto Rico, José de Diego Padró, de quien fue antólogo, editor y amigo personal
Edwin Figueroa compartió los valores de su generación en Sobre este suelo. Nueve cuentos y una leyenda (1962) y Seis veces la muerte (1978). Se trata de una escritura simbólica, poética y de contenido existencialista, que comparte valores con la escritura de Díaz Alfaro y numerosos recursos de las vanguardias como el monólogo interior y la retrospección. “Aguinaldo negro” puede ser interpretado como una reescritura de la imagen de la sensualidad negra a los Palés Matos, o como un anticipo del trabajo sobre lo afrocaribeño de autores de 1970 como Carmelo Rodríguez Torres o Ana Lydia Vega.
Con ellos la narrativa se profesionalizó en el país y la condición del escritor como un guardián de una cultura asediada por el cambio se afirmó.
jueves 29 de mayo de 2008
miércoles 28 de mayo de 2008
La narrativa de la generación del 1930
Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
Una época de crisis y cambio
El pensamiento literario de fines de la década del 1920 y durante la década de 1930, conservó lo mejor de la escritura modernista y reafirmó el compromiso del escritor con el mundo social y con la nación agraria en la tradición Romántica y Realista-naturalista. El papel de ciertas instituciones académicas y culturales fue crucial en aquel proceso.
Por un lado, en 1927 se fundó el Departamento de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. Una de las metas del mismo fue la recopilación, catalogación, ordenación y análisis de la literatura puertorriqueña en un cuerpo coherente. Por otro lado, en 1933 se inauguró la primera cátedra de literatura puertorriqueña dictada por el abogado e historiador Lidio Cruz Monclova en la misma institución. Desde entonces se contextualizó la producción literaria de Puerto Rico en el marco de la literatura española y se establecieron los parámetros para comprenderla en su relación con la hispanoamericana.
Hacia el año 1929 un grupo de jóvenes escritores asociados al Modernismo y a las Vanguardias fundó la revista Índice en cuya directiva, al lado de Antonio S. Pedreira, estuvo el narrador Alfredo Collado Martell. La revista patrocinó la renovación estética soñada desde principios del siglo 20 y terminó por ser interpretada como el signo más importante de la llamada Generación del 1930.
El mundo social en el país era un hervidero. La década de 1930 vivió los devastadores efectos de la Gran Depresión iniciada en 1929, hecho que estimuló la inversión de fondos federales de beneficencia en cantidades cada vez mayores en el país. La situación estimuló la radicalización del Partido Nacionalista que desembocó en una inesperada era de violencia. Pero también estimuló el reagrupamiento de las fuerzas liberales y populistas en el Partido Popular Democrático fundado en 1938.
Los intelectuales de 1930 tuvieron como preocupación central la defensa de la integridad cultural puertorriqueña la cual consideraban en peligro. Pensaban la invasión 1898 como un hecho traumático que limitaba la evolución del espíritu puertorriqueño hacia la libertad. Acorde con ello, concluían que la solución del problema de Puerto Rico –el problema colonial- era crucial. La Generación del 1930, igual que los Regeneracionistas Españoles se planteó la pregunta de la identidad: ¿qué somos los puertorriqueños? ¿cómo somos los puertorriqueños? ¿hacia dónde vamos los puertorriqueños?
Los géneros literarios primados por los autores del treinta fueron, además de la poesía y la narrativa, el ensayo de interpretación, ya fuese de contenido historiográfico, cultural o psicológico. Los autores más emblemáticos del momento incursionaron en el ensayo, género que respetaron tanto como los intelectuales del Realismo-naturalismo, y establecieron las bases de una crítica literaria puertorriqueña asociada a la academia nacional. Ese fue el caso del citado Antonio S. Pedreira, Tomás Blanco, Emilio S. Belaval, Concha Meléndez, María T. Babín y Margot Arce, entre otros. Algunos de ellos cultivaron la narrativa como fue el caso de Blanco y Belaval.
Las exploraciones de aquellos intelectuales los condujeron a afirmar una tendencia ideológica que ya era notable entre los Románticos y los Modernistas: el respeto al pasado hispánico ante el presente americano. El hispanofilismo o culto a la herencia hispánica contradecía la actitud de los intelectuales del siglo 19 que vieron en España un adversario político.
El culto hispanófilo tenía un carácter esencialista, es decir, partía de la convención de que la herencia española era una condición sin la cual no se podía concebir lo puertorriqueño y que, sin ella, no habríamos sido nosotros. La invasión americana de 1898 y sus consecuencias, amenazaban lo puertorriqueño por lo que la memoria de lo español debía ser protegida y cultivada para seguir siendo puertorriqueños. Ese procedimiento cultural garantizaría la inserción de lo puertorriqueño en la cultura universal. Con ello hicieron una aportación única al pensamiento cultural nacional. Inventaron y consagraron un pasado literario común que conducía al 1930: un canon literario como espejo de la identidad nacional.
Narraciones como “Tony Pérez es un niño Flan” de Belaval, cuento en la UPR de la década del 1920 y publicado en 1935; o la fábula “Eleuterio el coquí” de 1954 y “Cultura. Tres pasos y un encuentro” de Blanco, son una muestra gráfica de esa actitud que enfrentaba lo puertorriqueño contra lo americano que predominó en la época aludida. El humorismo y la sátira de Belaval, su capacidad para caricaturizar al asimilado; y la reflexión fenomenológica y existencial de Blanco, en ocasiones en el espacio del cuento infantil o el relato arquetípico, cumplían esa función de llamar la atención del lector de un modo transparente.
La aspiración de los intelectuales del treinta, según las sintetizó Pedreira en su ensayo Insularismo de 1934, era crear un orden armónico en el estilo de una gran familia, en el cual los sectores de tradición hispano-europeos de raza caucásica, dirigieran los destinos de la nación étnicamente diversa. No hay que olvidar el énfasis de Pedreira en afirmar la fragilidad de los valores de la raza negra y la raza indígena, y su invitación a apropiar los mejor del otro americano como aliado natural del hispano-europeo del país.
De ese modo los valores de la hispanidad presentes en el hispano-europeo insular o criollo abiertos a la modernización americana, era la fórmula para apuntar hacia dónde debían caminar los puertorriqueños colectivamente vistos. Las coincidencias entre esa propuesta, la del populismo y la de la Generación de 1950 no son casuales.
Las narrativas del 1930
Los cuentistas y novelistas del 1930 complementaron por medio de sus textos las discusiones filosóficas, historiográficas o psicológicas de los ensayistas.
En La llamarada (1935) Enrique A. Laguerre mantuvo un tipo de lenguaje poético modernista, cargado de descripciones de la naturaleza puertorriqueña. La novela discute un tema propio de los autores del 1930: las injusticias del mundo del cañaveral, espacio que tanto en nacionalismo como el populismo han identificado como un enemigo a vencer durante la década del 1930 y el 1940.
La obra posterior de Laguerre manifestó una voluntad documental y testimonial típica de una generación que trataba de responder a la pregunta de qué y cómo somos los puertorriqueños. Siguiendo el modelo impuesto por Zeno Gandía, en un segundo esfuerzo novelístico, Solar Montoya de 1941, trabajó el mundo del café. Posteriormente en La resaca de 1949, subtitulada Bionovela se completa un ciclo en el cual el los recursos del Realismo-naturalismo predominaron. La obra inicial de Laguerre deja la impresión de que el autor espera que se le lea como unos nuevos Episodios nacionales o unas reverdecidas Crónicas de un mundo enfermo propias del siglo 20.
Emilio S. Belaval escribió unas narraciones distintas caracterizadas por un lenguaje humorístico, crudo y en ocasiones cínico, en la tradición de la narrativa de José de Diego Padró o del periodismo de Nemesio R. Canales. Los Cuentos de la universidad (1935) son un buen ejemplo de ello. La vida estudiantil se convirtió en la fuente de unos relatos críticos sobre las falsedades de la vida universitaria en la década de 1920. Sus Cuentos para fomentar el turismo (1946) utilizaron técnicas y procedimientos del neonaturalismo y tremendistas para producir un efecto perturbador en el lector. El mejor ejemplo de ello es el texto “Un desagravio al cabrón del barrio Juan Domingo.”Los temas fueron extraídos de la vasta experiencia del autor como juez. En el mismo rompió con el costumbrismo simplista y elaboró un retrato de una sociedad en crisis.
Humberto Padró en 10 cuentos (1929) inició la escritura del realismo urbano en Puerto Rico. Sus textos veían la ciudad, el signo más patente de la modernidad material auspiciada por Estados Unidos, como una amenaza a la esencia criolla. En El antifaz y los demás son cuentos (1960) vuelve a trabajar unos cuentos en donde el color local que domina a Laguerre y Belaval se disuelve sin que ello le impida criticar los valores modernos que los tiempos nuevos han ido imponiendo al país. “El antifaz”, por ejemplo, recuerda la mirada de la mujer moderna que presenta canales en “Feliz pareja.” En ambos casos el rol de la mujer es un asunto que discuten los hombres.
La narrativa fue la historia privada de aquella época de crisis. Los narradores del 1930 se propusieron el estudio psicológico y sociológico del país a través de sus personajes redondos, hecho que afirmó la tradición realista-naturalista en el hacer cultural. Para la expresión literaria del resto del siglo 20 la Generación del 1930 representó una base fuerte y un modelo todopoderoso. Las propuestas culturales de sus escritores fueron consagradas por los autores del 1950. Los escritores asociados a los difíciles años del 1950 y el 1960 los revisaron con cuidado pero preservaron sus percepciones esenciales.
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
Una época de crisis y cambio
El pensamiento literario de fines de la década del 1920 y durante la década de 1930, conservó lo mejor de la escritura modernista y reafirmó el compromiso del escritor con el mundo social y con la nación agraria en la tradición Romántica y Realista-naturalista. El papel de ciertas instituciones académicas y culturales fue crucial en aquel proceso.
Por un lado, en 1927 se fundó el Departamento de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. Una de las metas del mismo fue la recopilación, catalogación, ordenación y análisis de la literatura puertorriqueña en un cuerpo coherente. Por otro lado, en 1933 se inauguró la primera cátedra de literatura puertorriqueña dictada por el abogado e historiador Lidio Cruz Monclova en la misma institución. Desde entonces se contextualizó la producción literaria de Puerto Rico en el marco de la literatura española y se establecieron los parámetros para comprenderla en su relación con la hispanoamericana.
Hacia el año 1929 un grupo de jóvenes escritores asociados al Modernismo y a las Vanguardias fundó la revista Índice en cuya directiva, al lado de Antonio S. Pedreira, estuvo el narrador Alfredo Collado Martell. La revista patrocinó la renovación estética soñada desde principios del siglo 20 y terminó por ser interpretada como el signo más importante de la llamada Generación del 1930.
El mundo social en el país era un hervidero. La década de 1930 vivió los devastadores efectos de la Gran Depresión iniciada en 1929, hecho que estimuló la inversión de fondos federales de beneficencia en cantidades cada vez mayores en el país. La situación estimuló la radicalización del Partido Nacionalista que desembocó en una inesperada era de violencia. Pero también estimuló el reagrupamiento de las fuerzas liberales y populistas en el Partido Popular Democrático fundado en 1938.
Los intelectuales de 1930 tuvieron como preocupación central la defensa de la integridad cultural puertorriqueña la cual consideraban en peligro. Pensaban la invasión 1898 como un hecho traumático que limitaba la evolución del espíritu puertorriqueño hacia la libertad. Acorde con ello, concluían que la solución del problema de Puerto Rico –el problema colonial- era crucial. La Generación del 1930, igual que los Regeneracionistas Españoles se planteó la pregunta de la identidad: ¿qué somos los puertorriqueños? ¿cómo somos los puertorriqueños? ¿hacia dónde vamos los puertorriqueños?
Los géneros literarios primados por los autores del treinta fueron, además de la poesía y la narrativa, el ensayo de interpretación, ya fuese de contenido historiográfico, cultural o psicológico. Los autores más emblemáticos del momento incursionaron en el ensayo, género que respetaron tanto como los intelectuales del Realismo-naturalismo, y establecieron las bases de una crítica literaria puertorriqueña asociada a la academia nacional. Ese fue el caso del citado Antonio S. Pedreira, Tomás Blanco, Emilio S. Belaval, Concha Meléndez, María T. Babín y Margot Arce, entre otros. Algunos de ellos cultivaron la narrativa como fue el caso de Blanco y Belaval.
Las exploraciones de aquellos intelectuales los condujeron a afirmar una tendencia ideológica que ya era notable entre los Románticos y los Modernistas: el respeto al pasado hispánico ante el presente americano. El hispanofilismo o culto a la herencia hispánica contradecía la actitud de los intelectuales del siglo 19 que vieron en España un adversario político.
El culto hispanófilo tenía un carácter esencialista, es decir, partía de la convención de que la herencia española era una condición sin la cual no se podía concebir lo puertorriqueño y que, sin ella, no habríamos sido nosotros. La invasión americana de 1898 y sus consecuencias, amenazaban lo puertorriqueño por lo que la memoria de lo español debía ser protegida y cultivada para seguir siendo puertorriqueños. Ese procedimiento cultural garantizaría la inserción de lo puertorriqueño en la cultura universal. Con ello hicieron una aportación única al pensamiento cultural nacional. Inventaron y consagraron un pasado literario común que conducía al 1930: un canon literario como espejo de la identidad nacional.
Narraciones como “Tony Pérez es un niño Flan” de Belaval, cuento en la UPR de la década del 1920 y publicado en 1935; o la fábula “Eleuterio el coquí” de 1954 y “Cultura. Tres pasos y un encuentro” de Blanco, son una muestra gráfica de esa actitud que enfrentaba lo puertorriqueño contra lo americano que predominó en la época aludida. El humorismo y la sátira de Belaval, su capacidad para caricaturizar al asimilado; y la reflexión fenomenológica y existencial de Blanco, en ocasiones en el espacio del cuento infantil o el relato arquetípico, cumplían esa función de llamar la atención del lector de un modo transparente.
La aspiración de los intelectuales del treinta, según las sintetizó Pedreira en su ensayo Insularismo de 1934, era crear un orden armónico en el estilo de una gran familia, en el cual los sectores de tradición hispano-europeos de raza caucásica, dirigieran los destinos de la nación étnicamente diversa. No hay que olvidar el énfasis de Pedreira en afirmar la fragilidad de los valores de la raza negra y la raza indígena, y su invitación a apropiar los mejor del otro americano como aliado natural del hispano-europeo del país.
De ese modo los valores de la hispanidad presentes en el hispano-europeo insular o criollo abiertos a la modernización americana, era la fórmula para apuntar hacia dónde debían caminar los puertorriqueños colectivamente vistos. Las coincidencias entre esa propuesta, la del populismo y la de la Generación de 1950 no son casuales.
Las narrativas del 1930
Los cuentistas y novelistas del 1930 complementaron por medio de sus textos las discusiones filosóficas, historiográficas o psicológicas de los ensayistas.
En La llamarada (1935) Enrique A. Laguerre mantuvo un tipo de lenguaje poético modernista, cargado de descripciones de la naturaleza puertorriqueña. La novela discute un tema propio de los autores del 1930: las injusticias del mundo del cañaveral, espacio que tanto en nacionalismo como el populismo han identificado como un enemigo a vencer durante la década del 1930 y el 1940.
La obra posterior de Laguerre manifestó una voluntad documental y testimonial típica de una generación que trataba de responder a la pregunta de qué y cómo somos los puertorriqueños. Siguiendo el modelo impuesto por Zeno Gandía, en un segundo esfuerzo novelístico, Solar Montoya de 1941, trabajó el mundo del café. Posteriormente en La resaca de 1949, subtitulada Bionovela se completa un ciclo en el cual el los recursos del Realismo-naturalismo predominaron. La obra inicial de Laguerre deja la impresión de que el autor espera que se le lea como unos nuevos Episodios nacionales o unas reverdecidas Crónicas de un mundo enfermo propias del siglo 20.
Emilio S. Belaval escribió unas narraciones distintas caracterizadas por un lenguaje humorístico, crudo y en ocasiones cínico, en la tradición de la narrativa de José de Diego Padró o del periodismo de Nemesio R. Canales. Los Cuentos de la universidad (1935) son un buen ejemplo de ello. La vida estudiantil se convirtió en la fuente de unos relatos críticos sobre las falsedades de la vida universitaria en la década de 1920. Sus Cuentos para fomentar el turismo (1946) utilizaron técnicas y procedimientos del neonaturalismo y tremendistas para producir un efecto perturbador en el lector. El mejor ejemplo de ello es el texto “Un desagravio al cabrón del barrio Juan Domingo.”Los temas fueron extraídos de la vasta experiencia del autor como juez. En el mismo rompió con el costumbrismo simplista y elaboró un retrato de una sociedad en crisis.
Humberto Padró en 10 cuentos (1929) inició la escritura del realismo urbano en Puerto Rico. Sus textos veían la ciudad, el signo más patente de la modernidad material auspiciada por Estados Unidos, como una amenaza a la esencia criolla. En El antifaz y los demás son cuentos (1960) vuelve a trabajar unos cuentos en donde el color local que domina a Laguerre y Belaval se disuelve sin que ello le impida criticar los valores modernos que los tiempos nuevos han ido imponiendo al país. “El antifaz”, por ejemplo, recuerda la mirada de la mujer moderna que presenta canales en “Feliz pareja.” En ambos casos el rol de la mujer es un asunto que discuten los hombres.
La narrativa fue la historia privada de aquella época de crisis. Los narradores del 1930 se propusieron el estudio psicológico y sociológico del país a través de sus personajes redondos, hecho que afirmó la tradición realista-naturalista en el hacer cultural. Para la expresión literaria del resto del siglo 20 la Generación del 1930 representó una base fuerte y un modelo todopoderoso. Las propuestas culturales de sus escritores fueron consagradas por los autores del 1950. Los escritores asociados a los difíciles años del 1950 y el 1960 los revisaron con cuidado pero preservaron sus percepciones esenciales.
martes 20 de mayo de 2008
Romanticismo y política en Puerto Rico: diversidad ideológica
Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
El romanticismo del siglo 19 tomó una diversidad de direcciones ideológicas. El intelectual romántico elaboró una interpretación social heterogénea que se tradujo en posturas político-sociales divergentes y, ocasionalmente, contradictorias.
El romanticismo tradicional condujo a posturas que, desde el punto de vista liberal, resultaban conservadoras y hasta reaccionarias. La tendencia más notable fue la afirmación los valores del catolicismo medieval y su reinvención en un proyecto de futuro que condujera a un nuevo cristianismo. Su relación con el espíritu de reforma fue notable.
En esa dirección fue común que se respaldaran ciertos discursos asociacionistas y fraternos los cuales recordaban la voluntad de renacimiento cristiano centrada en el mito del cristianismo primitivo como un estado de pureza perdido en las aguas turbulentas del progreso y la modernidad. En muchas ocasiones, ese nuevo cristianismo se comportó como un freno a la ética capitalista por el carácter anticlerical de la misma, y por la amenaza que representaba a los bienes muertos de la Iglesia. Ese tipo de praxis romántica fue favorecido por las autoridades coloniales en Puerto Rico.
El romanticismo liberal condujo a la defensa de posturas progresistas que aceptaban el cambio social, y tuvo como modelo intelectual a Víctor Hugo. En ese contexto el intelectual, sea poeta o narrador, se imagina como la legítima voz del pueblo, celebra el cambio que inspiró la Revolución de 1789 y, a veces, desembocó en una abierta oposición a la monarquía y en la defensa del republicanismo. Esta modalidad fue censurada en Puerto Rico.
Las razones para favorecer a uno y censurar el otro tenían que ver con el carácter morigerador del primero, e inflamatorio del segundo. Los atributos eran adjetivos comunes en el lenguaje cultural y legal del siglo 19 y se repitieron en la documentación para codificar a una u otra tendencia.
Ese modelo de romanticismo liberal fue el que alimentó la escritura de Ramón E. Betances, Manuel Alonso Pacheco y Eugenio María de Hostos, en diversas etapas de sus vidas. La práctica generó al intelectual afrancesado en la colonia, que veía en Paris el cerebro del mundo y utilizaba a la metrópoli cultural del mundo como un modelo inalcanzable a imitar. Sin embargo, el romanticismo liberal no promovió ideas políticas homogéneas.
Romanticismo en España
Hacia 1830 el romanticismo tradicional y el romanticismo liberal se debatían en España. El romanticismo tradicional era una ideología considerada por muchos arcaizante. En la práctica, cultivaba una diversidad de modelos de la civilización cristiana medieval que giraba alrededor de la figura del héroe y caballeresco con algunos elementos del amor cortés. Esa fue la figura heroica dominante, por ejemplo, en la narrativa de las Crónicas de Indias que comenzaron a ser leídas con avidez por la generación romántica puertorriqueña en busca del tiempo perdido, de la memoria y de la identidad histórica. Esas lecturas explican la naturaleza de discursos narrativos como el de Tapia y Rivera en La palma del cacique publicado en 1852, entre otros.
El romanticismo liberal en España, sobrevivía en un orden muy cerrado. La conciencia antimusulmana y contrarreformista del católico español, y la vinculación entre la Iglesia y el Estado, heredada de la época de los descubrimientos, frenaban la difusión de sus posturas. El anticlericalismo y el anticatolicismo se tradujeron en una voluntad cosmopolita que no tardó en ser identificada con una actitud antiespañola de abierto afrancesamiento.
También condujo al crecimiento de los focos de ideologías alternativas no cristianas como la masonería, el espiritismo, la teosofía o el librepensamiento. La intención del romántico liberal era europeizar y/o afrancesar a España en nombre de la modernización y el progreso.
Romanticismo en Puerto Rico
Hacia 1835 ese mismo debate domina el panorama cultural de las elites puertorriqueñas. El romanticismo puertorriqueño reformula una diversidad de tradiciones de fuerte contenido europeo y, en ese sentido, se convierte en una fuerza que crea la identidad nacional en la medida en que europeiza a los intelectuales.
El primer elemento notable es la forma en que se apropian los contenidos del romanticismo nacionalista alemán. La identificación del volk o pueblo común con lo más puro de la nación, y la voluntad de codificar sus tradiciones y costumbres en un corpus, está detrás de la mecánica del romanticismo costumbrista puertorriqueño.
El romanticismo tradicional presente en la discusión cultural francesa y española, filtrado por la ideología germana, tuvo sus mejores modelos en las “Coplas del jíbaro” firmadas por Miguel Cabrera y en una “Décima” anónima aparecida en el periódico El investigador en 1820. La prensa moderna era, sin embargo, un espacio heredado del panfletarismo revolucionario de 1789. Aparte de ello, se pueden consultar los poemas anónimos en lengua jíbara del Diario liberal y de variedades de 1822, el Álbum puertorriqueño impreso en Barcelona en 1844; y el volumen El gíbaro de Manuel Alonso Pacheco que apreció en 1849.
Por una diversidad de razones que tienen que ver con la configuración del imaginario nacional en el siglo 19 y 20, aquella fue la ruta consagrado por el canon y la academia como el origen literario y nacional de Puerto Rico. De un modo u otro, autores políticamente liberales que cuestionaban el control arcaizante del catolicismo, se afirmaban por medio de un romanticismo costumbrista que puede ser leído como una literatura moderada.
La tradición de romanticismo liberal, progresista, reflexivo y crítico, maduró en una serie de artículos y cartas publicados en el Diario económico de 1814 bajo los seudónimos de “El Sócrates rústico”, “El jíbaro paciente” y “ Agricultura”; o en las protestas de “Sensible lamento” y “Un observador del campo” aparecidas en El investigador en 1820. La síntesis del mismo fue el prefacio de los autores del Aguinaldo puertorriqueño, impreso en San Juan en 1843, que puede ser leído como la renuncia a una identidad tropical en nombre de un cosmopolitismo o universalismo que se reducía al occidente de Europa.
El anonimato de muchas de las obras traduce un estado de censura notable. Pero también habla de de la inmadurez de la figura del autor en el Puerto Rico de ese época. Hacia 1830 el autor es ya un signo respetado de la modernidad que enfrenta, bien o mal, la censura del poder en nombre del pueblo.
Las tendencias de la narrativa romántica en Puerto Rico
El romanticismo en Puerto Rico fue polifónico. Su riqueza todavía está por descubrirse. La capacidad de la historiografía literaria canónica de no ver esa diversidad ha sido una de las grandes limitaciones de la interpretación literaria en el país.
El romanticismo mimético, que surgió por imitación genuina de los modelos europeos, tradujo todos los sueños utópicos asociados al cosmopolitismo y el liberalismo europeos del siglo 19. La tendencia de aquellos autores fue a imitar el estilo europeo occidental, y a diluir o invisibilizar el color local. La actitud se cimentaba en el principio de lo bello y lo moderno era lo exótico, mientras que lo local era lo feo y lo primitivo. La lucha entre lo moderno y lo no moderno es evidente.
La lectura de un texto de Mateo Cavailhon, “Muerte por amor” , de Martín Travieso, “Pedro Duchateau” o de Eduardo González Pedroso, alias Mario Kolhman, español, “El astrólogo y la judía” en el Aguinaldo puertorriqueño de 1843, son un modelo de dicha expresión. La ausencia de Puerto Rico en la selección de los escenarios –donde domina la Sevilla grandiosa, o una Edad Media poco conocida– no significa que esto textos sean menos puertorriqueños que los demás.
El romanticismo costumbrista observa al país, pero no deja de ser políticamente moderado y, precisamente por ello, una base idónea para la elaboración de una identidad nacional legítima y no amenazante entre los intelectuales de la Generación de 1930 y del 1950. Para aquellos escritores la fuente de lo bello estaba en el color local, en la vida natural y sencilla del vulgo ineducado, o del proletario como se le llamaron en diversidad de ocasiones.
El mejor ejemplo sigue siendo la obra de Manuel Alonso Pacheco, El gíbaro aparecido en 1849. Pero hay que apuntar que la observación del color local convive con alguna tensión con el juicio crítico o correctivo de las costumbres populares que organiza y codifica. Por eso, si bien algunas costumbres se celebraban, otras se condenaban en nombre del progreso.
Ese fue el caso de la riña de gallos en Alonso, elemento de la nacionalidad que también condenará Salvador Brau e incluso, de manera indirecta, Eugenio María de Hostos, por lo que significaba en términos del problema social del juego y de la confianza irracional en la fortuna o la suerte que rechaza la racionalidad cultivada por ambos sociólogos. La literatura romántica costumbrista acentuó la observación social que más tarde reapropió el realismo-naturalismo de fines del siglo 19.
El romanticismo indianista fue, me parece, la expresión criolla más rica pero también la más efímera y la menos notable. Las grandes figuras siguen siendo Alejandro Tapia y Rivera por La palma del cacique de 1852, y Ramón E. Betances que la respondió con Los dos indios en 1854. En ambos casos el esfuerzo representó una búsqueda del origen, un viaje al illo tempore que estaba en la base de toda colectividad o un momento genesiaco que evadía a España y tomaba la personalidad de la víctima. Pero la imagen del indio se apoyaba en aquella formulada por los conquistadores en las Crónicas de Indias.
Allí se encuentra otro de los debates culturales más antiguos de la historiografía literaria puertorriqueña moderna. Se trata de una Carta de Betances a Tapia, entonces en La Habana, firmada el 13 de junio de 1859 en donde le confesaba que había escrito su leyenda para polemizar con la moderación o sumisión de los indios de Tapia.
La narrativa fantástica temprana se fijó en elementos irreales o no racionales y se encaminó hacia los espacios de lo sobrenatural o no natural. Lo fantástico –como en Hoffman o Poe- se asoció a la generación del miedo provocado por lo imprevisto o lo extraño – umheimlich- . Sus espacios quedaron circunscritos a aquello lugares que la física, la razón y la ciencia no podían explicar. Esa también fue la lógica de los físicos que inventaron el espiritismo como Allan Kardek.
Por su naturaleza, esa narrativa se sintió atraída por ciertos fenómenos de la cultura popular o volk que evadían la racionalidad moderna. Su relación con el romanticismo costumbrista es obvia. Para aquellos autores lo fantástico era la violación del orden o de la rutina. La escritura desembocó en un discurso que se oponía a ciertos procedimiento del romanticismo moderado: la narrativa fantástica evadió la meta del “final feliz”, renegó del principio de la “virtudes recompensadas” o de la “didáctica moral” al final del texto. Actuó como una narración gratuita y en ocasiones, pesimista o desesperanzada.
En ese marco se puede apropiar un cuento de Alonso Pacheco publicado en 1849 en el El gíbaro títulado "El pájaro malo"; la obra de Betances “La virgen de Borinquen” escrita en 1859 y que condujo a Manuel G. Tavárez a elaborar una pieza musical hoy perdida; los relatos espiritistas de Manuel Corchado y Juarbe como “Muerte del alma y vida del cuerpo” de 1872 y, en especial, la novela de Tapia y Rivera, Póstumo el transmigrado de 1882, en la cual lo extraño de la vida espiritual y el humor se unen para dar un cuadro interesante de la escritura.
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
El romanticismo del siglo 19 tomó una diversidad de direcciones ideológicas. El intelectual romántico elaboró una interpretación social heterogénea que se tradujo en posturas político-sociales divergentes y, ocasionalmente, contradictorias.
El romanticismo tradicional condujo a posturas que, desde el punto de vista liberal, resultaban conservadoras y hasta reaccionarias. La tendencia más notable fue la afirmación los valores del catolicismo medieval y su reinvención en un proyecto de futuro que condujera a un nuevo cristianismo. Su relación con el espíritu de reforma fue notable.
En esa dirección fue común que se respaldaran ciertos discursos asociacionistas y fraternos los cuales recordaban la voluntad de renacimiento cristiano centrada en el mito del cristianismo primitivo como un estado de pureza perdido en las aguas turbulentas del progreso y la modernidad. En muchas ocasiones, ese nuevo cristianismo se comportó como un freno a la ética capitalista por el carácter anticlerical de la misma, y por la amenaza que representaba a los bienes muertos de la Iglesia. Ese tipo de praxis romántica fue favorecido por las autoridades coloniales en Puerto Rico.
El romanticismo liberal condujo a la defensa de posturas progresistas que aceptaban el cambio social, y tuvo como modelo intelectual a Víctor Hugo. En ese contexto el intelectual, sea poeta o narrador, se imagina como la legítima voz del pueblo, celebra el cambio que inspiró la Revolución de 1789 y, a veces, desembocó en una abierta oposición a la monarquía y en la defensa del republicanismo. Esta modalidad fue censurada en Puerto Rico.
Las razones para favorecer a uno y censurar el otro tenían que ver con el carácter morigerador del primero, e inflamatorio del segundo. Los atributos eran adjetivos comunes en el lenguaje cultural y legal del siglo 19 y se repitieron en la documentación para codificar a una u otra tendencia.
Ese modelo de romanticismo liberal fue el que alimentó la escritura de Ramón E. Betances, Manuel Alonso Pacheco y Eugenio María de Hostos, en diversas etapas de sus vidas. La práctica generó al intelectual afrancesado en la colonia, que veía en Paris el cerebro del mundo y utilizaba a la metrópoli cultural del mundo como un modelo inalcanzable a imitar. Sin embargo, el romanticismo liberal no promovió ideas políticas homogéneas.
Romanticismo en España
Hacia 1830 el romanticismo tradicional y el romanticismo liberal se debatían en España. El romanticismo tradicional era una ideología considerada por muchos arcaizante. En la práctica, cultivaba una diversidad de modelos de la civilización cristiana medieval que giraba alrededor de la figura del héroe y caballeresco con algunos elementos del amor cortés. Esa fue la figura heroica dominante, por ejemplo, en la narrativa de las Crónicas de Indias que comenzaron a ser leídas con avidez por la generación romántica puertorriqueña en busca del tiempo perdido, de la memoria y de la identidad histórica. Esas lecturas explican la naturaleza de discursos narrativos como el de Tapia y Rivera en La palma del cacique publicado en 1852, entre otros.
El romanticismo liberal en España, sobrevivía en un orden muy cerrado. La conciencia antimusulmana y contrarreformista del católico español, y la vinculación entre la Iglesia y el Estado, heredada de la época de los descubrimientos, frenaban la difusión de sus posturas. El anticlericalismo y el anticatolicismo se tradujeron en una voluntad cosmopolita que no tardó en ser identificada con una actitud antiespañola de abierto afrancesamiento.
También condujo al crecimiento de los focos de ideologías alternativas no cristianas como la masonería, el espiritismo, la teosofía o el librepensamiento. La intención del romántico liberal era europeizar y/o afrancesar a España en nombre de la modernización y el progreso.
Romanticismo en Puerto Rico
Hacia 1835 ese mismo debate domina el panorama cultural de las elites puertorriqueñas. El romanticismo puertorriqueño reformula una diversidad de tradiciones de fuerte contenido europeo y, en ese sentido, se convierte en una fuerza que crea la identidad nacional en la medida en que europeiza a los intelectuales.
El primer elemento notable es la forma en que se apropian los contenidos del romanticismo nacionalista alemán. La identificación del volk o pueblo común con lo más puro de la nación, y la voluntad de codificar sus tradiciones y costumbres en un corpus, está detrás de la mecánica del romanticismo costumbrista puertorriqueño.
El romanticismo tradicional presente en la discusión cultural francesa y española, filtrado por la ideología germana, tuvo sus mejores modelos en las “Coplas del jíbaro” firmadas por Miguel Cabrera y en una “Décima” anónima aparecida en el periódico El investigador en 1820. La prensa moderna era, sin embargo, un espacio heredado del panfletarismo revolucionario de 1789. Aparte de ello, se pueden consultar los poemas anónimos en lengua jíbara del Diario liberal y de variedades de 1822, el Álbum puertorriqueño impreso en Barcelona en 1844; y el volumen El gíbaro de Manuel Alonso Pacheco que apreció en 1849.
Por una diversidad de razones que tienen que ver con la configuración del imaginario nacional en el siglo 19 y 20, aquella fue la ruta consagrado por el canon y la academia como el origen literario y nacional de Puerto Rico. De un modo u otro, autores políticamente liberales que cuestionaban el control arcaizante del catolicismo, se afirmaban por medio de un romanticismo costumbrista que puede ser leído como una literatura moderada.
La tradición de romanticismo liberal, progresista, reflexivo y crítico, maduró en una serie de artículos y cartas publicados en el Diario económico de 1814 bajo los seudónimos de “El Sócrates rústico”, “El jíbaro paciente” y “ Agricultura”; o en las protestas de “Sensible lamento” y “Un observador del campo” aparecidas en El investigador en 1820. La síntesis del mismo fue el prefacio de los autores del Aguinaldo puertorriqueño, impreso en San Juan en 1843, que puede ser leído como la renuncia a una identidad tropical en nombre de un cosmopolitismo o universalismo que se reducía al occidente de Europa.
El anonimato de muchas de las obras traduce un estado de censura notable. Pero también habla de de la inmadurez de la figura del autor en el Puerto Rico de ese época. Hacia 1830 el autor es ya un signo respetado de la modernidad que enfrenta, bien o mal, la censura del poder en nombre del pueblo.
Las tendencias de la narrativa romántica en Puerto Rico
El romanticismo en Puerto Rico fue polifónico. Su riqueza todavía está por descubrirse. La capacidad de la historiografía literaria canónica de no ver esa diversidad ha sido una de las grandes limitaciones de la interpretación literaria en el país.
El romanticismo mimético, que surgió por imitación genuina de los modelos europeos, tradujo todos los sueños utópicos asociados al cosmopolitismo y el liberalismo europeos del siglo 19. La tendencia de aquellos autores fue a imitar el estilo europeo occidental, y a diluir o invisibilizar el color local. La actitud se cimentaba en el principio de lo bello y lo moderno era lo exótico, mientras que lo local era lo feo y lo primitivo. La lucha entre lo moderno y lo no moderno es evidente.
La lectura de un texto de Mateo Cavailhon, “Muerte por amor” , de Martín Travieso, “Pedro Duchateau” o de Eduardo González Pedroso, alias Mario Kolhman, español, “El astrólogo y la judía” en el Aguinaldo puertorriqueño de 1843, son un modelo de dicha expresión. La ausencia de Puerto Rico en la selección de los escenarios –donde domina la Sevilla grandiosa, o una Edad Media poco conocida– no significa que esto textos sean menos puertorriqueños que los demás.
El romanticismo costumbrista observa al país, pero no deja de ser políticamente moderado y, precisamente por ello, una base idónea para la elaboración de una identidad nacional legítima y no amenazante entre los intelectuales de la Generación de 1930 y del 1950. Para aquellos escritores la fuente de lo bello estaba en el color local, en la vida natural y sencilla del vulgo ineducado, o del proletario como se le llamaron en diversidad de ocasiones.
El mejor ejemplo sigue siendo la obra de Manuel Alonso Pacheco, El gíbaro aparecido en 1849. Pero hay que apuntar que la observación del color local convive con alguna tensión con el juicio crítico o correctivo de las costumbres populares que organiza y codifica. Por eso, si bien algunas costumbres se celebraban, otras se condenaban en nombre del progreso.
Ese fue el caso de la riña de gallos en Alonso, elemento de la nacionalidad que también condenará Salvador Brau e incluso, de manera indirecta, Eugenio María de Hostos, por lo que significaba en términos del problema social del juego y de la confianza irracional en la fortuna o la suerte que rechaza la racionalidad cultivada por ambos sociólogos. La literatura romántica costumbrista acentuó la observación social que más tarde reapropió el realismo-naturalismo de fines del siglo 19.
El romanticismo indianista fue, me parece, la expresión criolla más rica pero también la más efímera y la menos notable. Las grandes figuras siguen siendo Alejandro Tapia y Rivera por La palma del cacique de 1852, y Ramón E. Betances que la respondió con Los dos indios en 1854. En ambos casos el esfuerzo representó una búsqueda del origen, un viaje al illo tempore que estaba en la base de toda colectividad o un momento genesiaco que evadía a España y tomaba la personalidad de la víctima. Pero la imagen del indio se apoyaba en aquella formulada por los conquistadores en las Crónicas de Indias.
Allí se encuentra otro de los debates culturales más antiguos de la historiografía literaria puertorriqueña moderna. Se trata de una Carta de Betances a Tapia, entonces en La Habana, firmada el 13 de junio de 1859 en donde le confesaba que había escrito su leyenda para polemizar con la moderación o sumisión de los indios de Tapia.
La narrativa fantástica temprana se fijó en elementos irreales o no racionales y se encaminó hacia los espacios de lo sobrenatural o no natural. Lo fantástico –como en Hoffman o Poe- se asoció a la generación del miedo provocado por lo imprevisto o lo extraño – umheimlich- . Sus espacios quedaron circunscritos a aquello lugares que la física, la razón y la ciencia no podían explicar. Esa también fue la lógica de los físicos que inventaron el espiritismo como Allan Kardek.
Por su naturaleza, esa narrativa se sintió atraída por ciertos fenómenos de la cultura popular o volk que evadían la racionalidad moderna. Su relación con el romanticismo costumbrista es obvia. Para aquellos autores lo fantástico era la violación del orden o de la rutina. La escritura desembocó en un discurso que se oponía a ciertos procedimiento del romanticismo moderado: la narrativa fantástica evadió la meta del “final feliz”, renegó del principio de la “virtudes recompensadas” o de la “didáctica moral” al final del texto. Actuó como una narración gratuita y en ocasiones, pesimista o desesperanzada.
En ese marco se puede apropiar un cuento de Alonso Pacheco publicado en 1849 en el El gíbaro títulado "El pájaro malo"; la obra de Betances “La virgen de Borinquen” escrita en 1859 y que condujo a Manuel G. Tavárez a elaborar una pieza musical hoy perdida; los relatos espiritistas de Manuel Corchado y Juarbe como “Muerte del alma y vida del cuerpo” de 1872 y, en especial, la novela de Tapia y Rivera, Póstumo el transmigrado de 1882, en la cual lo extraño de la vida espiritual y el humor se unen para dar un cuadro interesante de la escritura.
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