Sobre literatura y nueva historiografía en la década de 1980
Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
A partir de la narrativa Edgardo Rodríguez Juliá y su volumen La noche oscura del niño Avilés; y del polémico relato de Luis López Nieves titulado Seva: historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo 1898; se hizo necesaria la revisión irónica de dos momentos cardinales en el desarrollo del imaginario puertorriqueño. Rodríguez Juliá revisitó un siglo 18 que el discurso historiográfico ha centrado en la historia de Iñigo Abbad y Lasierra. Ello se hizo a través del pretexto de Juan Pantaleón Avilés de Luna Alvarado, modelo de un cuadro de José Campeche pintado en 1808. Iñigo Abbad y Campeche son dos claves en la configuración del imaginario puertorriqueño.
López Nieves se retrotrajo al 1898 de la invasión de Estados Unidos. El relato giraba alrededor de la documentación de un falso desembarco militar en mayo de 1898 sobre el pueblo de Seva, unos días antes del bombardeo de la capital por órdenes de William Sampson. La masacre de Seva había forzado la demolición del pueblo y la creación de Ceiba y la base militar Roosevelt Roads, cuyo cierre se anunció en el 2003. Ese mismo año el alcalde de aquel pueblo propuso que en su lugar se construyera un complejo de diversiones de Disney. Seva confundió a muchos historiadores que lo leyeron “como si fuera historia” sin percibir el proceso de ficcionalización del autor.
Una frontera del pundonor del pasado se había roto. El siglo 18 y el 1898 han sido considerados por la historiografía literaria y por el canon histórico como los lugares de la “concepción” y de la “ruptura” del cordón umbilical de la nacionalidad puertorriqueña en el marco de la tradición hispánica. El organicismo de esa percepción y su utilidad para la configuración de lo nacional a la luz del añejo hispanismo dominante entre 1910 y 1950, está fuera de toda duda.
Después de la publicación de aquellos dos textos, la relación entre lo real y lo inventado, entre la historia y la ficción, había sido infringida. Seva estableció la posibilidad de que la “mentira” fuese más instrumental que la historia “verdadera.” El relato se había redactado como una respuesta de la generación de escritores del setenta a la revisión narrativa que había hecho del 1898 el novelista y ensayista José Luis González. La llegada había sido publicada en 1980 y relataba la historia de un Puerto Rico con la capacidad para apropiar la cultura del “otro” sin perder necesariamente su autenticidad. El argumento de González representaba un giro en la tradición analítica nacional. La lectura de la novela La llegada junto con el ensayo “El país de cuatro pisos” publicado en la revista Plural de México en 1979, resulta iluminadora. Aquel ensayo esbozaba preguntas más valiosas que las respuestas que aportaba. El planteamiento de González a sus interlocutores: “Qué entienden ustedes…por cultura puertorriqueña,” implicaba un reconocimiento de las limitaciones de aquella construcción cuando se le apropiaba como un asunto cerrado. En la misma tambiódía leerse un reto a la Generación del 1930 que indagó por un hipotético "qué somos".
En efecto, las revisiones desde la narrativa representaron un punto de viraje y un reto a la tradición interpretativa heredada de la década del 1930. Para los historiadores de nueva hornada ello tuvo una función esencial. Sin proponérselo la “historia” de Seva, la “crónica de la Nueva Venecia” de Pantaleón Avilés y la “crónica con ficción” de los hechos de Guánica, demostraron que la apropiación de la narratividad histórica y la ficticia dependían de la actitud con la que el receptor se acercaba al texto. Establecieron además una tendencia narrativa que tuvo en el relato largo “Maldito amor” de Rosario Ferré, una parodia crítica del patriciado en 1986. Lo que distinguía una narración histórica de una ficticia era un mero convencionalismo o un pacto o consenso entre el texto y el receptor.
Fragmento de la ponencia “Renegados: (Re) generación de la historiografía puertorriqueña” presentada en la Universidad de Austin en Texas el 24 de marzo de 2005.
sábado 26 de julio de 2008
Literatura contemporánea: reflexiones
sábado 5 de julio de 2008
La escritura del 1980: apuntes al margen
Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
Uno de los rasgos distintivos de la escritura en los primeros años de la década del 1980 es el predominio de los poetas en el conjunto de los escribientes. No se trataba de un fenómeno nuevo. La experiencia de los primeros momentos del conjunto de voces que condujo a la consolidación de lo que luego se llamó Generación del 1960 y el 1970, fue análoga.
La situación facilitó el proceso de hibridación poesía-prosa y la mixtificación de la narrativa, por encima de las convenciones de los realistas-naturalistas y la separación clásica de los géneros modernos. Ello generó una narrativa poética y compleja distinta que en ocasiones ha sido diferenciada de la escritura pública del 1970 como una escritura intimista.
Los escritores del 1980 provenían de una era dominada por narradores de alta calidad y de proyección internacional. En muchos casos, la poesía se interpretaba como un camino necesario que conducía hacia la prosa y que convenía a la misma, en la medida en que su presencia personalizaba la escritura.
Algunos poetas de los 1970 fueron cruciales en aquel proceso. Los casos más notables fueron José”Che” Meléndez y José María Lima. Se trataba de dos opositores al establishment y la normalidad dominante, actitud fronteriza con el activismo contracultural de la segunda pos-guerra. Sus posturas se traducían en la búsqueda de lo irreal y de lo fantástico o anormal.
Sin embargo, es importante indicar el impacto y el apoyo de algunos escritores del 1950 que se habían constituido en iconos de un sector de los nuevos escritores. Me refiero a Clemente Soto Vélez y Francisco Matos Paoli. Se trataba de dos poetas, asociados al nacionalismo del 1930 quienes, incluso, compartieron la cárcel con Pedro Albizu Campos. Soto Vélez, además, estuvo ligado al comunismo estadounidense de la II Guerra Mundial.
La inversión de esfuerzos de Soto Vélez con una nueva promoción de poetas en la diáspora por medio del Taller Rácata 1982-1983 del Hostos Community College, ayudó a definir una actitud distinta ante el proceso creativo. Matos Paoli estuvo cerca del grupo Caramba de Mayagüez, y del grupo Taravilla de Morovis, desde 1978. Para el grupo de Mayagüez fue fundamental también la obra del poeta neovanguardista y neosurrealista cubano Luis J. Cartañá Otero.
Todos eran autores cuya praxis poética tenía un fuerte contenido irrealista. Aquel anti-realismo estaba asociado bien sea al surrealismo o a la fenomenología o al misticismo. La teórica renuncia a la realidad estimuló una escritura absurdista. En cierto modo, la idea sartriana de que por medio del absurdo se recuperaba una parte de la humanidad, está clara en aquellos escritores. El absurdo se apropiaba como una contestación al orden que se rechazaba, lo cual explica el fuerte componente contracultural de su escritura
Desde la perspectiva de la historia cultural, aquel grupo representaba una expresión de la crisis del proyecto populista en Puerto Rico, episodio que es la clave para comprender la crisis de la modernidad en el país. La crisis del populismo estaba asociada a la intensa Recesión Económica que azotó al capitalismo internacional entre 1973 y 1984, y a la capacidad de la misma para demostrar el agotamiento de las posibilidades de crecimiento del ELA. El proyecto moderno por excelencia en el país murió. La idea de concebir a estos autores como postmodernos explica el análisis postmoderno promovido por parte de la crítica.
El grupo de escritores del 1980, también desarrolló su carta de naturaleza en el marco universitario. Se trataba de un conjunto de estudiantes de diversas disciplinas, hecho que parece apuntar a que la penetración de los Estudios Hispánicos en las promociones literarias, comenzaba a disolverse. En el polimorfo grupo había, además de hispanistas y comparatistas, artistas plásticos, cineastas, historiadores, sociólogos, comunicadores y filósofos, entre otros.
Las expresiones impresas más relevantes fueron una serie de revistas estudiantiles publicadas en la universidad en Río Piedras, algunas de las cuáles emigraron a la zona de Humacao. La experiencia de Filo de juego (1983), Página robada (1986), Tríptico (1987) y Aldebarán, no se ha estudiado con profundidad. Pero para la definición del proyecto literario desde una perspectiva logocéntrica, es decir, focalizada en la palabra impresa, es fundamental. No hay un archivo completo de aquella producción.
Los talleres y revistas literarias de vanguardia en Mayagüez, Comerío y Barranquitas, como es el caso de Caramba (1978), Taravilla (1978) y En jaque (1989), respectivamente, completaron y complementaron la experiencia universitaria con componentes no universitarios.
El grupo se consolidó, por otro lado, en medio de una crisis editorial producto de la contracción del mercado del libro como un reflejo de la recesión económica. El mercado del libro estaba deprimido, los editores no se tomaban riesgos comprando manuscritos de autores nuevos, y las instituciones culturales del Estado tenían problemas mayores que resolver que promover nuevas voces disidentes. La amenaza al discurso cultural del populismo en la llamada era de Carlos Romero Barceló (1976-1984), ocupó la mayor parte de sus esfuerzos.
Los editores preferían se dedican a reproducir títulos de autores clásicos que tenían un consumo seguro en el sistema educativo o universitario, pero también continuaron publicando a muchos de los consagrados del 1960-1970. La crisis editorial condujo a que los jóvenes escritores Luis Raúl Albaladejo y Roberto Ramos Perea, debatieron el carácter “soterrado” de la experiencia hacia el 1987.
Algunos escritores desarrollaron proyectos editoriales particulares no comerciales como el caso de la Editorial Revista Islote (Mario R. Cancel), Tríptico Editores (Zoé Jiménez Corretjer) e Isla Negra Editores (Carlos R. Gómez Beras), entre otros. De aquellos, el tercero todavía persiste y se presume como la voz editorial de la generación y, en consecuencia, la que la saca de su “soterramiento.”
Un gran número de los escritores que hicieron sus primeros ejercicios literarios en la poesía durante la década de 1980, experimentaron luego con la narrativa corta. Numerosas experiencias de la narración del 1960 y el 1970, en especial, el juego crítico con los medios masivos de comunicación, la experimentación con los sociolectos, el neopopulismo urbano, el elemento paródico y crítico, entre otros, persistieron en algunos autores de narrativa de los años 1980. Por su construcción y rasgos, cuentistas como
Marcelino Resto, Edgardo Nieves Mieles, Pepo Costa, Daniel Nina, Georgiana Pietri, y Mayra Santos-Febres, todos incluidos en las antologías más emblemáticas de la “nueva generación,” pueden ser considerados exitosos y originales continuadores de la tradición narrativa del 1970.
Otros segmento no menos original y exitoso, se han instituido como transgresores neovanguardistas notables. Ese, me parece, es el caso de Zoé Jiménez Corretjer, Eduardo Lalo, Marta Aponte Alsina y Daniel Torres, entre otros. Estas tendencias generales no explican toda la producción de los 1980. Tampoco desdice el valor de la propuesta de los 1980 sino que, por el contrario, afirman la diversidad y la pluralidad de las nuevas voces en un periodo que ha sido caracterizado por la historia cultural como un momento de incertidumbre y desconfianza en los grandes proyectos.
La novela es una experiencia que no maduró en aquel contexto. Habrá que esperar a la década del 1990, pero la producción se dará divorciada de las discusiones de los ochenteros. En una formación social con una frágil tradición novelística, no podía ser de otro modo.
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
Uno de los rasgos distintivos de la escritura en los primeros años de la década del 1980 es el predominio de los poetas en el conjunto de los escribientes. No se trataba de un fenómeno nuevo. La experiencia de los primeros momentos del conjunto de voces que condujo a la consolidación de lo que luego se llamó Generación del 1960 y el 1970, fue análoga.
La situación facilitó el proceso de hibridación poesía-prosa y la mixtificación de la narrativa, por encima de las convenciones de los realistas-naturalistas y la separación clásica de los géneros modernos. Ello generó una narrativa poética y compleja distinta que en ocasiones ha sido diferenciada de la escritura pública del 1970 como una escritura intimista.
Los escritores del 1980 provenían de una era dominada por narradores de alta calidad y de proyección internacional. En muchos casos, la poesía se interpretaba como un camino necesario que conducía hacia la prosa y que convenía a la misma, en la medida en que su presencia personalizaba la escritura.
Algunos poetas de los 1970 fueron cruciales en aquel proceso. Los casos más notables fueron José”Che” Meléndez y José María Lima. Se trataba de dos opositores al establishment y la normalidad dominante, actitud fronteriza con el activismo contracultural de la segunda pos-guerra. Sus posturas se traducían en la búsqueda de lo irreal y de lo fantástico o anormal.
Sin embargo, es importante indicar el impacto y el apoyo de algunos escritores del 1950 que se habían constituido en iconos de un sector de los nuevos escritores. Me refiero a Clemente Soto Vélez y Francisco Matos Paoli. Se trataba de dos poetas, asociados al nacionalismo del 1930 quienes, incluso, compartieron la cárcel con Pedro Albizu Campos. Soto Vélez, además, estuvo ligado al comunismo estadounidense de la II Guerra Mundial.
La inversión de esfuerzos de Soto Vélez con una nueva promoción de poetas en la diáspora por medio del Taller Rácata 1982-1983 del Hostos Community College, ayudó a definir una actitud distinta ante el proceso creativo. Matos Paoli estuvo cerca del grupo Caramba de Mayagüez, y del grupo Taravilla de Morovis, desde 1978. Para el grupo de Mayagüez fue fundamental también la obra del poeta neovanguardista y neosurrealista cubano Luis J. Cartañá Otero.
Todos eran autores cuya praxis poética tenía un fuerte contenido irrealista. Aquel anti-realismo estaba asociado bien sea al surrealismo o a la fenomenología o al misticismo. La teórica renuncia a la realidad estimuló una escritura absurdista. En cierto modo, la idea sartriana de que por medio del absurdo se recuperaba una parte de la humanidad, está clara en aquellos escritores. El absurdo se apropiaba como una contestación al orden que se rechazaba, lo cual explica el fuerte componente contracultural de su escritura
Desde la perspectiva de la historia cultural, aquel grupo representaba una expresión de la crisis del proyecto populista en Puerto Rico, episodio que es la clave para comprender la crisis de la modernidad en el país. La crisis del populismo estaba asociada a la intensa Recesión Económica que azotó al capitalismo internacional entre 1973 y 1984, y a la capacidad de la misma para demostrar el agotamiento de las posibilidades de crecimiento del ELA. El proyecto moderno por excelencia en el país murió. La idea de concebir a estos autores como postmodernos explica el análisis postmoderno promovido por parte de la crítica.
El grupo de escritores del 1980, también desarrolló su carta de naturaleza en el marco universitario. Se trataba de un conjunto de estudiantes de diversas disciplinas, hecho que parece apuntar a que la penetración de los Estudios Hispánicos en las promociones literarias, comenzaba a disolverse. En el polimorfo grupo había, además de hispanistas y comparatistas, artistas plásticos, cineastas, historiadores, sociólogos, comunicadores y filósofos, entre otros.
Las expresiones impresas más relevantes fueron una serie de revistas estudiantiles publicadas en la universidad en Río Piedras, algunas de las cuáles emigraron a la zona de Humacao. La experiencia de Filo de juego (1983), Página robada (1986), Tríptico (1987) y Aldebarán, no se ha estudiado con profundidad. Pero para la definición del proyecto literario desde una perspectiva logocéntrica, es decir, focalizada en la palabra impresa, es fundamental. No hay un archivo completo de aquella producción.
Los talleres y revistas literarias de vanguardia en Mayagüez, Comerío y Barranquitas, como es el caso de Caramba (1978), Taravilla (1978) y En jaque (1989), respectivamente, completaron y complementaron la experiencia universitaria con componentes no universitarios.
El grupo se consolidó, por otro lado, en medio de una crisis editorial producto de la contracción del mercado del libro como un reflejo de la recesión económica. El mercado del libro estaba deprimido, los editores no se tomaban riesgos comprando manuscritos de autores nuevos, y las instituciones culturales del Estado tenían problemas mayores que resolver que promover nuevas voces disidentes. La amenaza al discurso cultural del populismo en la llamada era de Carlos Romero Barceló (1976-1984), ocupó la mayor parte de sus esfuerzos.
Los editores preferían se dedican a reproducir títulos de autores clásicos que tenían un consumo seguro en el sistema educativo o universitario, pero también continuaron publicando a muchos de los consagrados del 1960-1970. La crisis editorial condujo a que los jóvenes escritores Luis Raúl Albaladejo y Roberto Ramos Perea, debatieron el carácter “soterrado” de la experiencia hacia el 1987.
Algunos escritores desarrollaron proyectos editoriales particulares no comerciales como el caso de la Editorial Revista Islote (Mario R. Cancel), Tríptico Editores (Zoé Jiménez Corretjer) e Isla Negra Editores (Carlos R. Gómez Beras), entre otros. De aquellos, el tercero todavía persiste y se presume como la voz editorial de la generación y, en consecuencia, la que la saca de su “soterramiento.”
Un gran número de los escritores que hicieron sus primeros ejercicios literarios en la poesía durante la década de 1980, experimentaron luego con la narrativa corta. Numerosas experiencias de la narración del 1960 y el 1970, en especial, el juego crítico con los medios masivos de comunicación, la experimentación con los sociolectos, el neopopulismo urbano, el elemento paródico y crítico, entre otros, persistieron en algunos autores de narrativa de los años 1980. Por su construcción y rasgos, cuentistas como
Marcelino Resto, Edgardo Nieves Mieles, Pepo Costa, Daniel Nina, Georgiana Pietri, y Mayra Santos-Febres, todos incluidos en las antologías más emblemáticas de la “nueva generación,” pueden ser considerados exitosos y originales continuadores de la tradición narrativa del 1970.
Otros segmento no menos original y exitoso, se han instituido como transgresores neovanguardistas notables. Ese, me parece, es el caso de Zoé Jiménez Corretjer, Eduardo Lalo, Marta Aponte Alsina y Daniel Torres, entre otros. Estas tendencias generales no explican toda la producción de los 1980. Tampoco desdice el valor de la propuesta de los 1980 sino que, por el contrario, afirman la diversidad y la pluralidad de las nuevas voces en un periodo que ha sido caracterizado por la historia cultural como un momento de incertidumbre y desconfianza en los grandes proyectos.
La novela es una experiencia que no maduró en aquel contexto. Habrá que esperar a la década del 1990, pero la producción se dará divorciada de las discusiones de los ochenteros. En una formación social con una frágil tradición novelística, no podía ser de otro modo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
